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martes, 23 de febrero de 2016

Las contradicciones de misóginos y homófobicos literatos de la costa norte o las cosas por su nombre.








Las contradicciones de misóginos y homófobicos literatos de la costa norte o las cosas por su nombre.

Las contradicciones de misóginos y homófobicos literatos de la costa norte o las cosas por su nombre.

El mal juicio de un literato misógino y homofóbico empedernido me ha incitado a responder brevemente sus “opiniones” contradictorias. Este profesor de literatura de la UNAH-vS se caracteriza por el afán de notoriedad a raíz de las polémicas. Claro, según él tiene enemigos y toda la sociedad se ve afectada y herida por sus insanas opiniones, prejucios medievales y juicios sin argumentaciones sólidas. Recuerdo que el grupo de examigos de aquel colectivo llamado mimalapabra coincidíamos en que su personalidad era débil (por esa razón su arraigado mal humor), por lo tanto adoptó la de su gran amigo, también profesor misógino y homofóbico.

Había decidido jamás contestarle sus entradas en los blogs y redes sociales o sus insultos contra mí o contra mis amigos y amigas. Pero hoy donaré a la humanidad (jaja) tres páginas al respecto.

Recuerdo que el profesor G. R. (escribo sus iniciales porque él y otros usan la alusión y el anonimato, los conozco tan pero tan bien, pues sostuve una amistad de aproximadamente una década) me confiaba que su mejor amigo M. G. quería vivir su vida a través de la suya. Todas sus acciones parecen indicarnos que sí lo logró. Por lo menos, parcialmente. En términos porcentuales un 80% de su personalidad se calcó en él, hasta mi conocimiento. Como si hubiera pasado una historia similar a la de Harry Potter y Lord Voldemort, mi amigo heredó la maldad de su amigo. No sé a qué se habrá debido. Si mi amigo poseía una personalidad débil y su amigo una personalidad fuerte o si de verdad hilaron fino sus características. Solo en la edad y en la fisonomía de ambos podemos rastrear diferencias. Los gestos desdeñosos, los vocablos, la recurrencia léxica, el tono irónico y despectivo parecen haber hecho metástasis en dos personas diferentes. Uno, fácilmente influenciable, el otro, hábilmente manipulador.
Lo intrigante es que jamás volví a ver a uno de ellos.

Inicialmente la forma que usaban para “descalificarme” o burlarse de mí era llamarme “Saritiano” (Sara Rolla es parte de la Real Academia Hondureña de la Lengua, crítica y ensayista argentina que reside en Honduras y que posee un espíritu como el de Audrey Hepburn, hermoso, caritativo y dadivoso, además de lúcida y no malintencionada, ah! y “buena onda”). Para esos años -2003 a 2005- tanto G. R. como M. G. Sostenían que en la carrera de Letras habían dos diferentes y opuestos modelos “mariano” o “saritiano”. Sobre esto no me extenderé, que los silencios a lo Campra hagan el trabajo.

En la actualidad me llaman “apacible embajador de la buena voluntad.” (Véase el blog de G.R.). Agrega: “Tampoco hay que pretender ganarse el favor de cierto grupo de damas sensibles saludando “a todos y a todas” y llamando “queridos y queridas” a los presentes en algún lugar al que llegamos”. No sé él, pero yo no tengo un “querido” “colectivo” (recuérdese la anécdota de Borges sobre su buena intención de darle la mano al “pueblo”, que es un abstracto), sino amigas y amigos, y a quienes quiero les digo de esa forma, la amistad que profeso es individualizada.

Este Claudio misógino y arrogante -releer a Guadalupe Nettel- no recuerda que cuando vivió en España me recomendó una y otra vez que me alejara de M. G., a quien consideraba un ser humano perjudicial, que había que llevárselo bien porque en caso contrario tu “vida literaria” se vería truncada, y, por supuesto, no entiendo por qué a su regreso volvieron a juntarse. Que alguien me explique. G.R. es un sujeto despersonalizado.

Una vez me metieron en un serio aprieto. Acostumbŕabamos a quedarnos en casa de M. G. después de las noches de ebriedad. Una noche se quedó en la misma habitación que yo una compañera de facultad, buena amiga, y la mejor amiga de la esposa de M. G. Al día siguiente ella me dijo que yo era un poco hombre, hablador, etc. Etc. Y le dije que ella me conocía y que no inventé nada porque no había nada qué decir. Me dejó de hablar. Ambos, G.R. y M. G. se rieron a carcajadas. Meses después, en una cena navideña, le confié a R. T., esposa de M.G., que yo no había dicho nada, y los “embajadores de la mala voluntad” se ríeron y confesaron: “es cierto, Gustav es incapaz de hablar mal... y no dijo nada”. Ella le contó a nuestra amiga y luego se disculpó. Hay mucha tela que cortar por acá.

G. R. me confió tantas y tantas historias y teorías sobre M. G., de por qué le prestaba novelas cuyos autores y personajes eran homosexuales, y sígase imaginando. Me contó una versión de la enemistad entre el novelista hondureño que escribió Nunca entres por Miami: R. Q. Etc.

Ah, y él, G. R., no recuerda la ocasión de una discusión con R. T. (ex mimalapabra y ex dueño de Klein Bohemia) que lo dejó sumido en el más vergonzoso silencio: tenía que ver con algo sobre “tours”. No entiendo entonces por qué lo homofóbico. Yo tengo una prima y un hermano que son gays y muchos amigas y amigos que también lo son.

Se preguntarán la razón por la cuál he decidido contar el 1% de 12 años de amistad, por dos razones: por más que procuré tolerarles todas las ofensas a mí -que de paso también le cayeron a mis amigos-, esperando que repensaran las cosas y cambiaran de actitud, más bien creyeron que les daba “licencia” de continuar; la segunda porque, como dijo G.R, una de mis cualidades no es la cordura: confieso públicamente haberme hundido hasta en la mierda y repetir la historia de mi padre, quien se suicidó con veneno, en cambio yo quedé vivo en una agonía que no se la deseo a nadie. 17 días horribles. 15 en el Leonardo Martínez en la Unidad de Desintoxicación entre octubre y noviembre del 2015. Creo que la muerte de mi madre a causa del cáncer me terminó de disparar. Lo intenté con un cuchillo, y no obtuve resultados, estaba desafilado, y luego bebí veneno. Mi estómago se deshizo... Abuelos paternos y maternos muertos, padres muertos, violencia intrafamiliar, yo oponiéndome a mi padre, sangre, golpizas, intentos de suicidio, de parte de ambos, uno que lo logró, y mi madre porque ya no encontraba salida ante los abusos de mi padre. Así que no, no soy normal ni quiero serlo. No soy cuerdo (si se refieren a mis trastornos maniaco-depresivos) y jamás lo seré. Soy un ser muy reflexivo y analítico, lúcido opinan otros. Y la luz que hay en mí busco compartirla. Construir y no destruir seres humanos. Quizás por eso la destrucción literaria y estética es una de mis obsesiones, el plano literario es diferente a la realidad. Jamás dije “papi” y “mami” como G.R. Era, desde niño, tímido y tartamudo. Y ahora comprendo la razón. Cuando descubrí que mi padre maltrataba a mi madre, me opuse, y de allí interminables aventuras fuera de casa, sangre, envases estrellados, etc. Sí. Por eso defiendo a la mujer y al hombre contra el abuso. Por esa razón no tolero a la gente que les da por humillar a los demás. Soy hosco. También tengo una personalidad muy complicada y difícil. Por esa misma razón no me caso y tengo hijos: temo convertirme en mi padre. Y ahora que lo escribo y cuento, medio mundo sabe, lo hago de la manera más equilibrada, gracias a los antidepresivos que me mantienen “macizo” y ansiolíticos, que me mantienen en un estado de “felicidad prestada”. Cuento, y tengo mucho que contar porque en el último año estuve tres veces al borde de la muerte, y ahora creo cuando tres sujetos desconocidos se me acercaron yleyeron mi mano y me dijeron lo siguiente: “estás llamado a convocar multitudes” “las personas te oirán”, “tendrás dinero y fama, pero por amor perderás todo, siempre estás dispuesto a perder todo por amor”; el segundo “seres del más allá te cuidan”; el tercero “escribe, escribe sobre todo, sobre las personas, cómo ríen, lloran y se comportan, yo te dictaré la primera línea”, mismo sujeto que nos leyó la mano a todos y acertó, y cuando volvió a la mesa tomó mi mano y la leyó y lloró y me dijo: “por vos venía, cuánto sufrimiento ha habido en tu vida... ora conmigo...” y lloré y lo acompañé a orar y creí en él como si me hubiera descubierto el alma...

Sí, si G.R. Y M.G. (quienes influenciaron a mis ex amigos (“La hermandad de la uva”), y que también sucumbieron ante el temor de no hacer lo que aquellos le decían: como insultar a mis amigas feministas en la presentación de Katastrophé, y que ambos me lo confesaban, nadie quiere echarse en contra a M.G. Yo, que ya morí, y que probablemente siga muerto, me da igual. Conozco también muchísimas historias suyas de todo tipo, así que él que tiene familia tiene más que perder que este pobre estepario).
Como he expresado antes: mi familia son los libros, pero también las amistades auténticas.

Para cerrar algo interesante: G. R. nos decía a mí y a nuestros amigos que yo estaba inventando un nuevo género en narrativa (por Los inacabados), que era un auténtico “poeta poeta”, pero que nunca me lo diría.

D. C. y J. J. B. (el dúo de la Uva) me contaron que una vez G. R. le dijo: “Gustavo es mal escritor”, y ellos respondieron “no”; pero bueno es “esto”, “tampoco”, respondieron; bueno, sí escribe bien pero no hay que decírselo. Y es la misma manera de obrar de M.G. El mejor novelista de Honduras era Roberto Quesada, cuando eran amigos, y luego de la enemistad era mal escritor y sus libros los “castigaba” colocándolos en el suelo y no en el librero. Claro, M. G. tiene una ventaja: es profesor de Letras y quien no opina como él los presiona, insulta, y a los alumnos les toca emigrar a Letras de Tegucigalpa. Y quienes sí se enamoran de esa pose de escritor maldito (que contrasta con su pregonado academicismo, vale agregar que tampoco ha hecho mucha crítica, no como Helen Umaña, Hernán Antonio Bermúdez, Roberto Castillo, Sara Rolla, entre otros muchos) ejerce su jerarquia de poder y enseña lo afín a él (Recuerdo que me decía que yo era mejor escritor que G. R., pero no se trata de ser mejor; que quería prologar mi libro “Bajo el árbol de Madeleine”, luego de ver que J. M. prólogo “Desde el hospicio”, que cuando presentó “Los inacabados” habló tan elegioso del libro, caso contrario de cómo se refirió a “Ficción hereje para lectores castos”, y que terminó orillando a G.R. a aceptar que era algo “ligth” su novela, Etc. Hace mucho tiempo aprendí a no confiar en los criterios de ambos afectados por sus estados de ánimos.

El poeta del grado cero, J. M., y otros amigos, tienen una teoría, que como Jorge Carrión le escribió a G. R. pidiéndole mi correo electrónico, para ese entonces yo estaba en contra de “autopublicitarse”, este eliminó a dos de los editores de mimalapalabra: C. R. y a mí. Según J. M. se debe a celos. G. R. djo que porque publicábamos mucho sobre el Golpe de Estado, y como G.R. vivía en España, jamás vivió y sufrió el conflicto. Al final el “Proyecto 1975”, de Carrión y Marilena, no salió a causa de la crisis. Decidí entonces abrir mi propio blog. Y confiar más en mis búsquedas. Y en criterios extranjeros.

A veces digo con arrogancia, que si de verdad tengo talento, lo usaré de manera opuesta a la de G. R.
La polémica vende. Esto él se lo criticaba a Indiano. Y ahora es su modus operandi. A mi amigo Fabricio le criticaba que hubiera elaborado una antología personal de su poesía, con pocos libros; pero bueno, G. R. hizo lo mismo con “Melancolía inútil”.

Ahora, que es de los narradores talentosos de la generación, nadie lo niega.
Yo, por mi parte, comeré otro dulce (así le decíamos a los medicamentos cuando estuve hospitalizado), y releeré ese libro de Patricia Highsmith que tanto me encantó y que volvió a mis manos). (Hay una conexión entre ella y Vila-Matas que me fascina).

(Sobre el tema de la misoginia y su fobia al homosexualismo, fácil, entren a las páginas de La Hermandad de la Uva, mimalapalabra y el blog personal de G.R.).

domingo, 19 de julio de 2015

501° bajo Ajenjo (2008)

Jorge Martínez
 
Gustavo Campos


Armando García
 
Damario Reyes


Mario Gallardo
 
Giovanni Rodríguez
 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Ficción hereje para lectores castos y Los inacabados

 Comentario en La obsesión de Babel




    En su ya tradicional recuento de lecturas de fin de año, Mario Gallardo dice:


En materia narrativa, aunque se publicaron, y premiaron, tres que cuatro cosas, lo más relevante que se pudo conseguir fue Ficción hereje para lectores castos (Giovanni Rodríguez) y Los inacabados (Gustavo Campos), dos muestras de lo que se está produciendo en la zona norte en el marco de un singular proceso cultural que ya ha sido cartografiado, entre otros, por críticos competentes como Helen Umaña, Sara Rolla y Hernán Antonio Bermúdez.

Mario Gallardo, 2011. 

Fragmento extraído de Ficción hereje

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Entrevista al poeta Óscar Acosta. Por Fausto Leonardo Henríquez



 Museo de Antropología e Historia. 2011.

 He aquí el fragmento de una vieja entrevista que hace poco más de 4 años 
hizo el padre Fausto Leonardo al poeta Óscar Acosta, donde el tema de las preguntas es el auge de la generación de narradores y poetas de la Costa Norte que hoy por hoy está constituida por algunos nombres como Jessica Sánchez, Murvin Andino, Giovanni Rodríguez, Otoniel Natarén, Carlos Rodríguez, Gustavo Campos, y de más reciente inclusión, Darío Cálix. Es a esta generación a la que se refiere el poeta Acosta. Antes que ellos, otros nombres como Mario Gallardo, Dennis Arita -narradores- y Jorge Martínez, José Antonio Funes y Marco Antonio Madrid -poetas- son quienes destacan. 



F.L.H.: Por otra parte, desde principios de década de este siglo XXI ha habido en Honduras un despertar considerable en el ámbito literario, tanto en la Costa Norte como en el interior del país, ¿a qué se debe este auge, qué juicio amerita esta pujante pléyade de poetas y narradores?

O.A.: El auge de poetas y narradores de la última década, particularmente en la Costa Norte, es un fenómeno que hay que tener presente, hay que estudiar eso de las generaciones. Ortega y Gasset y Julián Marías dicen que las generaciones se dan cada diez y quince años. Los jóvenes van escribiendo diferente a como escribieron los anteriores, porque hay aparentemente como un rechazo a escribir como fulano de tal como poeta, sino que voy a escribir un poco diferente. Entonces, cada diez o quince años viene esa oleada de poetas jóvenes y de narradores jóvenes. Cuando fui a San Pedro Sula me presentaron a unos cinco muchachos que están escribiendo y tienen sus talleres. Eso me sorprende. De vez en cuando me visitan o vienen a dejarme aquí sus libros.

F.L.H.: Yo no sé si en el pasado se había dado una generación de narradores y poetas como el de la última década y que además están organizados; con gran capacidad de divulgación con sus propios sellos editoriales y con Internet como medio divulgativo de todas sus hazañas.

O.A.: Esto es un acontecimiento nuevo en el panorama literario hondureño. En el pasado éramos lobos esteparios, solitarios. Cada uno hacía su propia voz. Pero por ejemplo, aquí en Tegucigalpa está un grupo que se llama “Paispoesible” y en la Costa Norte está el grupo “Mimalapalabra”, que es un grupo realmente nuevo.

F.L.H.: Siguiendo el hilo de la conversación respecto a la nueva generación de escritores, ¿qué valoración hace usted del trabajo que están haciendo los poetas y narradores hondureños de nuevo cuño, los cuales sobresalen por sus publicaciones, su divulgación impresa y también en internet?

O.A.: Yo creo que eso es beneficioso, porque ese árbol de la literatura necesita que lo hamaqueen, ¿verdad? Y que caiga frutos, así podremos saber si son amargos o no. Porque estuve en San Pedro Sula, hace como unos dos años, y conversaba con Julio Escoto y Armando García, que había un grupo de muchachos que era irreverente, que iba contra todo, que era más bien como destructivo. No me parecía a mí que se burlaran de los grandes maestros, que para qué leer a Darío, que para qué leer a Huidobro, a Vallejo, que son cascarones vacíos. Eso me parece, más bien, que era una pose, porque la poesía es un ejercicio serio. La poesía no es para mofarse ni de la literatura tampoco, sino que es una tarea muy noble. Yo sí creo en el respeto.



Tegucigalpa, 4 de marzo de 2010.
Blog del Padre Fausto Leonardo Henríquez

lunes, 13 de mayo de 2013

María Eugenia Ramos y Mario Gallardo en "Puertos abiertos"



Buscando unos archivos en mi computadora me encontré con este texto que redacté hace un par de años con motivo de una entrevista que mi amigo Carlos Rodríguez nos hiciera a Julio Escoto, Mario Gallardo y a mí por nuestra inclusión en las antologías del F. C. E. , entrevista que provocó cierta polémica por las respuestas de Julio Escoto. En aquél entonces preferí no publicar el artículo porque estaba demasiado "caliente" el ambiente, y porque a mi amigo Carlos, simple "hacedor" de entrevistas, lo agredían injustificadamente por cumplir con su trabajo en La Prensa. Dos años después, habiendo hecho una que otra corrección, decido publicarlo. Seguro ya no tendrá ningún valor, pero aquí queda la constancia de lo que yo pensaba y sigo pensando en este momento. 




Hace dos años, en una entrevista que Carlos Rodríguez realizó a Julio Escoto con motivo de la antología de cuentos “Puertos abiertos” (Fondo de Cultura Económica de México, 2011), cuyo antólogo es el reconocido escritor nicaragüense Sergio Ramírez, Escoto expresó que “en el caso de Honduras ocurrió una sustitución de autores”, lo cual sugiere que de haber sido el antólogo habría incorporado, imagino, a escritores afines a su tendencia literaria (realismo mágico, realismo socialista), lo que corrobora el sesgo particular que habría implicado su selección, la cual no es difícil de imaginar: parcial y sin el distanciamiento necesario para exponer un amplio y representativo panorama literario del cuento hondureño. Es cierto que su inclusión en la antología es indispensable, a pesar de que las generaciones de escritores posteriores a la suya, la del 84, denominada “posvanguardia” (los nacidos entre en 1954 y 1983) y la de los nacidos después del 1984, no sintonicen y reconozcan en él un modelo de escritura, un escritor que los haya influido. Escoto fue uno de los renovadores –para bien o para mal- de la narrativa nacional, aunque para mí la renovación estilística vino a través de Eduardo Bähr, con su estilo sobrio, nítido, lacónico, con esa fuerza y estilo narrativo heredado de la literatura inglesa, piénsese en Hemingway, piénsese en Joyce. Quizás en uno que otro autor de la posvanguardia se encuentren huellas afines de las que abrevó Escoto. 

Su obra más importante, “El árbol de los pañuelos” (1972), basada en una novela de Ramón Amaya Amador, “Los brujos de Ilamatepeque”, y cuya estructura le debe una gran influencia a la novela de Juan Rulfo, “Pedro Páramo” (1955), le acreditó un lugar de ruptura en las letras hondureñas y un merecido lugar en las letras centroamericanas. La implementación de las nuevas técnicas narrativas de vanguardia en Latinoamérica y su obstinada búsqueda de la identidad nacional, “revoluciones culturales o políticas y un amplio apego a la superstición”, temas o motivos propios del realismo mágico, sumado a un lenguaje con reminiscencias barrocas (piénsese en Carpentier), le mereció su importancia en la historiografía nacional, en una época en donde el discurso latinoamericano comenzaba a indagar en conceptos sobre “identidad”, vía Levy Strauss y otros antropólogos y estudiosos centroamericanos que trataban de definir nuestra herencia, tradiciones y cultura, en aras de definir una identidad regional.

Suponiendo que Escoto era el responsable de la selección en Honduras y que, además, “no autorizó” lo publicado en la antología, habría sido nefasto para la muestra de la literatura hondureña que pretendía Sergio Ramírez y el Fondo de Cultura Económica de México:

Ésta es, por tanto, una antología del siglo XXI, y nos permite ver el cuento centroamericano lejos ya de sus viejas fronteras. En cada uno de los autores elegidos, una selección necesariamente rigurosa, hemos buscado, antes que nada, la excelencia de la individualidad creadora que se basa en los recursos del lenguaje y la imaginación; es decir, como en toda buena antología, la calidad de la expresión literaria. Y a través de la manifestación de todas estas individualidades, un conjunto en el que necesariamente dominan los escritores nacidos a partir de los años sesenta, podemos advertir los sustratos que nos ayudan a identificar la realidad social contemporánea de Centroamérica en su compleja diversidad. (El subrayado es mío).

Rodríguez también pregunta a Mario Gallardo (1962), uno de los escritores y críticos literarios más notables de las últimas décadas en Honduras, también antologado, si considera que la recopilación es representativa, a lo que contesta que, además de serlo, “muestra un panorama amplio y representativo de la narrativa de corto aliento que se está escribiendo en la región”, y puntualiza lo que el mismo Sergio Ramírez aclara en el prólogo -y que cité anteriormente-: “tiende un puente entre propuestas que marcaron el paso durante el siglo XX y las que se encuentran en proceso aún de definirse en el siglo XXI.” Relectura importante si se piensa en función de que cada generación nueva ha sido alimentada por las mismas fuentes que su antecesora, pero que además posee otras herramientas de interpretación que le brindan los estudios actuales. Gallardo pertenece a una generación posterior a la de Escoto. El relato antologado por Sergio Ramírez es “Las virtudes de Onán”, del que Hernán Antonio Bermúdez opina lo siguiente:

Se trata de un libro refrescante donde proliferan los axiomas de la lujuria y el sexo es la única lingua franca. Intensamente erótico, en buena parte de Las virtudes de Onán se asiste a una especie de rapacidad sexual, narrada con desparpajo, como pocas veces se ha visto en la narrativa hondureña. La única comparación posible sería con la desinhibición lúbrica que ha solido desplegar en su obra Horacio Castellanos Moya. Fuera de éste, nuestros mejores narradores, Marcos Carías, Eduardo Bähr, Julio Escoto y el mismo Roberto Castillo, lucen recatados al lado de Mario Gallardo.
Y es que así labora la historia literaria: cada generación subsana los vacíos de sus antecesores (Gallardo es cinco años menor que Castellanos Moya y doce años menor que Roberto Castillo), cada generación –así como cada escritor individual- formula sus propias demandas a la literatura, y posee sus propios apremios expresivos. (…) “Las virtudes de Onán es un libro clave para entender las entrevisiones de una nueva generación literaria hondureña.”
(“Por fin, la noche sampedrana”; 2008.)

Retomando el juicio anterior, me hace volver a otra de las respuestas de Julio Escoto al sugerir que “‘Sombra’, de Arturo Martínez Galindo, debería encabezar toda recopilación de cuentos hondureños”, con lo que cada narrador hondureño estará de acuerdo con unanimidad. Pero ya ha sido esclarecido el criterio que primaba en la antología, que era sólo sobre escritores vivos: “Era una necesidad... Solo son autores vivos. Esto le da cierto límite, si no serían infinitas, y le da más peso a los jóvenes” (S. Ramírez, prólogo a “Puertos abiertos”). Si analizamos bien la respuesta de Escoto, de que Galindo debería encabezar cada antología de narradores, dice una gran verdad, pero también engendra una contradicción en su propio argumento: puesto que a consideración mía solo el relato de M. Gallardo puede equipararse a “Sombra” de M. Galindo. Si su apreciación no estuviera condicionada o prejuiciada –o tristemente desfasada- se daría cuenta que era necesario e indispensable que saliera “Las virtudes de Onán”, publicado casi con un siglo de diferencia, relato que, a mi ver, trascenderá su tiempo al igual que lo hizo “Sombra”. Podría percibir lo que un grupo de escritores y críticos han encontrado en su obra, entre ellos: H. A. Bermúdez, crítico y ensayista hondureño, Giovanni Rodríguez, escritor y ensayista hondureño, Helen Umaña, crítica hondureña, Rodolfo Pastor Fasquelle, historiador hondureño, y su servidor, Gustavo Campos. Leería en función de qué nuevos aportes técnicos y narrativos ofrece a la literatura nacional y de la región, el cambio de perspectiva con el cual retoma esporádicamente el contexto de la época de los desaparecidos y las militancias ideológicas, se me ocurre en este momento M. Kundera, tema ya tan manido y que ha sabido recrear y relegar esa necesidad de ubicar un texto contextualmente, y que para mí puede ser leído tanto como a comienzos del auge doctrinario de los movimientos sociales a mediados del siglo XIX como a principios del XX, así como en épocas de posguerra y guerras fría y en la época contemporánea, y es por la forma y el desprejuicio y desenfado con el que está narrado lo que lo nutre de intemporalidad, además de ese hálito de vida de los personajes que viven su cotidianidad fundada en los placeres y el pasar de la vida, ajenos a militancias ideológicas, y a su vez también es un texto por donde transitan interdiscursividad e intertextualidad cultural, signos posmodernos. El texto de Gallardo ha sabido cumplir con algunos postulados definidos por Derrida, en cuanto a obra se refiere, claro, tomado el concepto para nuestro pequeño mundo centroamericano: la obra vista como algo que permanece, que no es del todo traducible, que tiene un lugar, cierta consistencia: algo que se archiva, a lo que se puede volver y puede repetir en un contexto distinto; algo que todavía podría leerse en contextos en que las condiciones de lectura habrán cambiado, en otra palabras, supo borrar los contornos de su “contexto individual”. Su texto se suma a un hálito por el que pasan autores como Castellanos Moya, Rey Rosa, hay que puntuar que tardíamente, pues su único libro de relatos data del 2007; al grupo antes mencionado habría que sumarle el joven Maurice Echeverría. (Léase “Onán, un aventurero espiritual”, ensayo en donde expuse algunas ideas respecto al libro de Gallardo.)

Respecto a la escritora incluida en la antología y nacida tres años antes que Gallardo, María Eugenia Ramos, fue seleccionada por un grupo de editores y organizadores de la FIL como una de los “25 secretos mejor guardados de Latinoamérica”, su sola inclusión en este listado latinoamericano avala su aporte a las letras centroamericanas. Ya antes había sido incluida en Pequeñas resistencias 2, elaborada por Enrique Jaramillo Levi (Madrid, 2003); en Huellas ignotas, antología de cuentistas centroamericanas Vol. II, por Willy Muñoz (Costa Rica, 2009), entre otras.

“Cuando se llevaron la noche” es el cuento incluido de María Eugenia Ramos, un texto donde la tensión existencial y la angustia del personaje van configurando ese mundo que va entre el onirismo y lo fantástico, que nos recuerda cierta incapacidad de los personajes de Kafka de traducir experiencias inquietantes. Y en su libro Una cierta nostalgia (HN, 2000) casi todos sus cuentos están madejados por un profundo proceso de extrañamiento, algunos de ellos con elementos fantásticos, donde también aparecen ambientes de humor absurdo, a cierta manera de Stevenson o Chesterton. Según Helen Umaña es un “libro que contiene once cuentos de pulcra factura y de una fuerza expresiva que emana del aparente distanciamiento con que se cuentan las historias que, evitando la reiteración de patrones realistas, barajan las cartas de lo simbólico y alegórico”. En “Cuando se llevaron la noche” podrían rastrearse algunos simbolismos de origen irlandés: la casa o la habitación significa la actitud y la posición del hombre o mujer frente a las fuerza del otro mundo, o bien como apunta Bachelard, la casa significa el ser interior, pero también es símbolo femenino. La personaje manifiesta una honda angustia al entrar a la habitación con su amante, la cual se acrecienta al ir percibiendo poco a poco que lo que parece noche no es noche sino su ausencia, y que su mundo, su interior, ha quedado encerrado para siempre en la habitación, identificando y creando una fusión entre ambiente y su preocupación interior al verse impotente ante las fuerzas del mundo exterior. La tensión que se maneja en el cuento, los diálogos extraños, las distintas maneras de ver a través de una ventana, que funciona como receptor ya sea de conciencia, va entre lo metafísico, la percepción y lo indeterminado, hace que este texto se convierta realmente en una pieza extraña de un valor incalculable en la literatura nacional. Al igual que en el caso de Gallardo, este texto junto a “Para elegir la muerte”, pueden leerse en distintos contextos, archivarse, se podrá volver a ellos una y otra vez y encontrar nuevos significados.
También Sara Rolla se ha referido al libro de M. E. Ramos: “evidencia, en síntesis, una destreza en el oficio narrativo que enaltece no sólo a la autora, sino a la literatura hondureña en general, al constituirse en una de sus voces más frescas y estéticamente responsables.”
(“El oficio narrativo de María Eugenia Ramos”; 2001).

María Eugenia Ramos (1959) y Mario Gallardo (1962) son los que mejor representan nuestra literatura de los últimos años, sus libros Una cierta nostalgia (2000) y Las virtudes de Onán (2007), aparecidos en los últimos 12 años, han buscado renovar nuestra ya apagada y agotada literatura, refrescándola, explorando otras fuentes y otros lenguajes más cercanos a nuestro tiempo, dejando atrás ese arte prestidigitador y artificioso de lenguaje barroco, abrumante; más cercanos a Martínez Galindo, Óscar Acosta y Eduardo Bähr, Ramos y Gallardo han sabido elegir su herencia narrativa y cultural y comunicárnosla, cada quien desde su óptica, uno más relacionado a la vida y a la interacción y desmitificación de la sociedad y de mártires y desenmascaramiento de falsas virtudes e hipocresías morales, y la otra más arraigada a lo fantástico, a lo onírico, en defensa o en respuesta al cansancio que producían ese obligado “pacto testimonial” y esa “alianza de la literatura con los sectores populares” y la búsqueda de nuestra “identidad”, que como decía Campra en América Latina: la identidad y la máscara: solo el latinoamericano se obsesiona en buscarse o sentirse parte de una identidad inventada por la conquista, “es por eso que al acercarse a la literatura latinoamericana, suele dirigirse mas que a su literariedad, al mundo que la produce y la exige”.

No sabemos qué nombres son los “no autorizados” por Escoto; pero, previendo o imaginando cuáles han de ser, decidí aventarme a escribir este artículo, no en defensa de Ramos y Gallardo, pues su obra no necesita ser defendida, mucho menos ellos, sino por una razón específica: cumplir una de las labores que debe tener la crítica: guiar e intermediar entre obra y lector. También debido a la carencia de estudios sobre la producción literaria de los últimos años y para que los lectores menos avezados o prejuiciados se animen a leer a estos dos autores. 

Nota: Caso que amerita mención aparte es el caso de Dennis Arita (1969), escritor que se suma al dúo antes mencionado. Ha publicado dos libros de cuentos: el primero Final de invierno (2008) y el segundo Música del desierto (2011), en los cuales deja ver mundos más cercanos a Onetti, según H. A. Bermúdez, y en donde es reconocible su veta del relato anglosajón, en términos de lenguaje, en términos de historias sin concluir, elípticas, extrañas, pero que también es parte de esa actitud de experimentación y dar la espalda a ese “sueño” de escribir sobre nuestra “herencia” o tradiciones populares. Y agrego a Dennis porque considero que con él sucede algo curioso: por estar entre generaciones, pareciera que la mayoría de las veces suele escapársele a antólogos nacionales o extranjeros que definen bases de selección en razón de fechas específicas, según políticas editoriales, quedando relegado por no haber nacido unos 5 años antes o después de 1969 (año que se impregna de algún malditismo por sus últimos tres dígitos, según intuirá más de algún fanático religioso).

San Pedro Sula, 2011



Para leer la entrevista de Carlos Rodríguez a  Julio Escoto: La Prensa