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sábado, 11 de noviembre de 2017

El lado menos roído de la moneda: Una semblanza de Roberto Carlos Pérez. Gustavo Campos



Gustavo Campos

La obra de Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976) arranca de una obstinada voluntad por revelar mediante la literatura lo que la historia archiva. Con su primer libro, Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la Historia (Casasola; 2012), revisa el mundo que le fue arrebatado por causa de la Revolución Sandinista. A sus 35 años, mediante un meticuloso ejercicio de lucidez, memoria y depuración expresiva publica, finalmente, ese universo oscuro e infernal: el lado menos roído de la moneda en la historia de la Revolución Sandinista que osciló entre 1979 y 1990, retomado también en su próxima novela Un mundo maravilloso (Casasola editores; 2017), escenario en el que también plantea y analiza los efectos de la guerra en la nueva literatura nicaragüense, uno de los temas que más lo acechan como lo demuestran, además de su literatura, ensayos y artículos.

En una reciente entrevista publicada en el diario digital El PulsoHN, Roberto Carlos, también músico de profesión, graduado en la escuela de Bellas Artes Duke Ellington School of the Arts y en Howard University y literatura española la Universidad de Maryland se confiesa “hijo de la guerra” y un “humanista” al que le tocó “ver la muerte de cerca”. De manera similar a la que Reinaldo Arenas, quien denunciara las atrocidades cometidas en Cuba, Roberto Carlos Pérez registra el ideario del modelo social, político y económico de un país cuyo gobierno terminaría corrompiéndose. La realidad se presenta como una línea confusa perdida en el horizonte y este silencio no es sino más que un eslabón siniestro. El escritor es tan interlocutor como descriptor y aprovecha los intersticios de la historia para liberar el texto de las obligaciones humanas y discursivas, posicionando su obra como una suspendida manifestación de humanismo donde todos pierden en la guerra. Al igual que en “Lamentos y tribulaciones de un rey”, canción del grupo argentino Sui Generis, se muestra esa cara opuesta del triunfalismo de las revoluciones, las víctimas que quedan, algunas registradas y muchas otras omitidas. Este tema, junto con la literatura medieval y del Siglos de Oro, es su especialidad.

Roberto Carlos  busca, entonces, en la sombra de sí mismo lo que le fue sustraído desde la infancia: esa relación del hombre con el mundo. Para encararlo, busca como antídoto la multiplicación de su voz narrativa en infinitas máscaras: los ochos relatos de que está compuesto su primer libro son, podría decirse, un ejercicio introspectivo de retraducir la historia en sus diferentes etapas: desde la época de la colonia, en Nicaragua, hasta los atentados terroristas del 2001 en Estados Unidos.
Su arma es la palabra y en Un mundo maravilloso lo demuestra de una manera tan brillante y convincente.

Sin embargo, el corte histórico y social tiene su móvil en la búsqueda individual de la verdad, en las tensiones sociales y políticas, lo cual incide en los personajes de la obra de Roberto Carlos (hijo de padres somocistas), revelando la miseria y la trágica insustancialidad del amor como apropiación y como autoconfirmación, como lo reivindica (sufre) F., el personaje de Un mundo maravilloso: “Los ataques de pánico y las depresiones duraban meses y ni siquiera el amor de ese maravilloso ser que pasó por mi vida como una ave encantada podía distraerme de la tristeza.”

Roberto Carlos da a parte de su obra un sesgo ambiguamente autobiográfico, una empatía que encuentra sus más diversas conexiones, pero una en común, del cuento “La visita del abuelo”, “La casa de la calle Cervantes” y “El callejón de los tormentos” con Un mundo maravilloso, novela donde, por su condición humana, crea un puente empático con el personaje de su novela, F., que no es sino un homenaje al fallecido poeta Francisco Ruiz Udiel (1977- 2010). La memoria lírica de Un mundo maravilloso refleja las consecuencias de la guerra y lo que muchos críticos de literatura han denominado el desencanto de la “Literatura de posguerra”. Pero pese a las referencias de las ideas nucleares que narra (soledad, opresión, angustia, desdicha y miseria), contrasta bellos momentos arrancados de lo más profundo de su ser y de su experiencia, los cuales derrochan una honda ternura, como las que dedica en la parte IV de su novela a Jimena y en la parte III a La bohème, donde la amistad es franca y aderezada de magia extrapolada de la ópera de Giacomo Puccini en un juego de sustituciones. Pero, ¿acaso no es sino la escritura una forma “de borrar las marcas del fuego en la piel o desvanecer de mi mente las terribles imágenes de la guerra?”.

Los personajes de Roberto Carlos Pérez en los últimos cuentos de Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia entran en una doble condición: “Papá estaba totalmente absorto en sus negocios, que iban hacia arriba como la espuma y mamá se la pasaba organizando inútiles fiestas…”, “en los amigos de papá que alababan las torturas de las cárceles de la familia Somoza”, que se contraponen al ideario utópico del narrador, como lo muestra “La casa de la calle Cervantes”, donde un niño padece el pánico del encierro en una vieja habitación conviviendo con ratas por el temor de sus padres a que este sea reclutado para la guerra: “Tal vez lo mejor sería irme de una vez a la guerra, cumplir con mi deber patriótico como dicen que cumplieron otros tantos que no han regresado y no regresarán jamás”, “Granada está desierta, nadie se atreve a salir”.

La frase “1988 ha sido un año horrible” aparece en un cuento y posteriormente la repite en una entrevista. Este fue el año en que su familia y él viajaron a Estados Unidos debido a las constantes amenazas del gobierno “de la bandera roja y negra”. 

Sin embargo, el libro de relatos del autor no es un manifiesto contra el sandinismo, así como su novela; es más, en “Francisco el Guerrillero”, el narrador nos cuenta los deslices de Abigail con Francisco: “Abigail postrada en el olvido y maldiciendo el resto de sus días el amor pero nunca la causa liberal, dio a luz a una niña, hermosa y robusta, de cuyo vientre nació la madre de quien más tarde, para bien o para mal, sería conocido el general de hombres libres, Augusto César Sandino. Reaparece en “La torre de dios” que a los poetas J. Pasos, J. Coronel Urtecho, entre otros, les apasionaba Sandino. Hace una separación histórica y una diferenciación entre Sandino y Ortega, confinando a este último como un caudillo hambriento de poder totalitario, apropiándose, con tino, de un equilibrio que salda la historia no contada, la versión del otro, del desposeído a consecuencia de la guerra. La historia parcial es una historia incompleta del hombre, y, por ende, de una sociedad.

Los personajes de Roberto Carlos son reflejos de sus distintos rostros de quien pareciera signado por esta tríada terrible que dijera en un poema Cervantes: “Muerte, mudanza, locura” y que también se manifiestan en “Ruinas”, con el personaje José de la Cruz Mena, músico, que lleva una vida entre “Job y Lázaro”, pero en donde aparecen obras bellas como las melodías poéticas de Mozart, Haydn y Vivaldi mostrando el esplendor cultural y artístico de Viena. Se repiten imágenes tan sugestivas y contrastantes que ya aparecían en otros cuentos: sonido de trompeta, ladridos de perros mastines, armonizando una melodía del horror.

El temor infundido por la guerra, castra psíquica, emocional y moralmente los diálogos de los personajes: “Tan solo soy un hombre de provincias que no conoció a su Isolda y tampoco luchó por el amor de Elsa.”

Como especialista, ha ahondado en numerosos ensayos sobre el Siglo de Oro, rescatando a Pedro Calderón de la Barca, contrastándolo con Shakespeare; también sobre Cervantes, y ha demostrado ser uno de los grandes estudiosos de Rubén Darío. Asimismo, ha denunciado la corrupción del actual gobierno nicaragüense presidido por Daniel Ortega. Además de publicar cuentos y ensayos en revistas nacionales e internacionales, su obra ha sido incluida en diversas antologías: Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (2012), Un espejo roto. Muestra de la nueva narrativa centroamericana y de República Dominicana y en su traducción al alemán Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Actualmente forma parte de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. 


viernes, 4 de diciembre de 2015

Recuerdo imperecedero: Aute para siempre.

Con Luis Eduardo Aute en Festival Internacional 
de Poesía de Granada, Nicaragua, 2015. 
Ese día Aute me dedicó una canción:
"Al joven poeta hondureño..."
Sin duda una noche inolvidable.

Con Luis Eduardo Aute en Centroamérica Cuenta,
Managua, Nicaragua, 2015.


Más en Palmereando

viernes, 13 de febrero de 2015

Festival Internacional de Poesía de Granada.








110 poetas del mundo de 54 países asistirán al XI Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua. El evento será del 15 al 22 de febrero. Por allí veré a los poetas amigos Susana Reyes, Alfonso Fajardo (El Salvador); Maria Palitachi (República Dominicana); Rolando Kattán, Néstor Ulloa -y Gustavo Campos-(Honduras) y Kike Zepeda (El Salvador).

Los poeta Claudia Emerson, Premio Pulitzer; Marco Antonio Campos, Premio Nezahualcóyotl de México; y el poeta cantautor Luis Eduardo Aute, Gaston Bellemare (Fundador y Presidente de Festival Internacional de Poesía, Trois Riviére, QC), Richard Blanco (Poeta Laureado de Estados Unidos) están entre los invitados.

Este evento mundial ha sido dedicado al poeta Enrique Fernández Morales, y en saludo a la poeta costarricense Eunice Odio, “porque tenemos la voluntad total de centroamericanizar nuestro festival”, anunció su presidente Francisco de Asís Fernández.
Ya está elaborado el programa del Festival y por allí habrá un concierto de Luis Eduardo Aute y Carlos Mejía Godoy.

Enlace: Granada

lunes, 17 de noviembre de 2014

XI Festival Internacional de Poesía de Granada 2015



Veo que hay varios poetas amigos (dominicanos, salvadoreños y mexicanos) que andarán en el Festival. Además de la presencia de Luis Eduardo Aute y el premio Pulitzer Claudia Emerson, entre otros reconocidos poetas. 

Por Honduras asistirán: 
Rolando Kattan
Néstor Ulloa
Rubén Izaguirre
Gustavo Campos



"Al menos 115 poetas de 57 países han confirmado su participación a la XI edición del Festival Internacional de Poesía, que estará dedicado al poeta, narrador, dramaturgo, pintor, coleccionista y promotor cultural nicaragüense Enrique Fernández Morales (1918-1982), informaron hoy los organizadores. Al festival, que tendrá lugar del 15 al 21 de febrero de 2015 en la ciudad colonial de Granada, acudirá la poetisa estadounidense Claudia Emerson, Premio Pulitzer de Poesía 2006, dijo en rueda de prensa el presidente de ese evento, Francisco de Asís Fernández. También asistirá el vate peruano Eduardo Chirinos, premio Casa de América de España; los mexicanos Óscar Oliva, Premio Nacional de Poesía de México, y Marco Antonio Campos, Premio Nezahuacalcoyotl.

Asimismo, el guatemalteco Enrique Noriega, Premio Nacional de Literatura “Miguel Ángel Asturias”; la croata Dorta Jagic, Gran Premio de Poesía de los Balcanes; la china Jidi Majita, Medalla Conmemorativa Sholokhov y el artista filipino Luis Eduardo Aute, entre otros."


 - See more at: http://www.festivalpoesianicaragua.com/2014/11/el-xi-festival-de-poesia-de-nicaragua-reunira-115-poetas-de-57-paises/#sthash.ekDoHJtH.dpuf


martes, 19 de agosto de 2014

Escritores antologados y Prólogo de la antología "Un espejo roto". Por Sergio Ramírez






Los escritores antologados: 

 Guatemala: 
  • Eduardo Halfon
  • Maurice Echeverría
  • Denise Phé-Funchal
  • Javier Payeras

El Salvador: 
  • Mauricio Orellana Suárez
  • Vanessa Núñez Handal
  • Alberto Pocasangre
  Honduras: 
  • Jessica Sánchez
  • Kalton Harold Bruhl
  • Gustavo Campos
  • José Manuel Torres Funes
 Nicaragua:
  • María del Carmen Pérez Cuadra
  • Berman Bans
  • Ulises Juárez Polanco
  • Roberto Carlos Pérez
 Costa Rica:
  • Jessica Clark Cohen
  • Guillermo Barquero
  • Warren Ulloa
  • Carla Pravisani
Panamá:
  • Carlos Winter Melo
  • Melanie Taylor
  • Lili Mendoza
  • Lucy Cristina Chau 
 República Dominicana: 
  • Juan Dicent
  • Rey Andújar
  • Frank Báez
  • Rita Indiana Hernández


Prólogo


Un espejo roto

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Prólogo de la antología de nuevos cuentos centroamericanos "Zwischen Süd und Nord. Neue Erzähler aus Mittelamerika" compilado por Sergio Ramírez.

Los países de Centroamérica parecen distantes entre sí a pesar de su vecindad geográfica, y de que tienen un pasado común que se remonta a los tiempos precolombinos; esta historia siguió siendo común a lo largo de la colonia, y aún lo fue para el tiempo de la independencia de 1821, antes de la catástrofe de la enconada separación que puso fin al proyecto de la República Federal encabezado por el general Francisco Morazán, quien terminó fusilado en 1842 por querer una Centroamérica unida.

Somos desde entonces pedazos de un espejo roto. Países marginales y desvalidos, divididos por prejuicios mezquinos, y, aún en la segunda mitad del siglo veinte, enfrentados en conflictos bélicos inútiles, como la célebre guerra del futbol entre Honduras y El Salvador en 1969, que lejos de la aparente banalidad de su causa, la disputa por una plaza para el Mundial de México, tuvo sus raíces en la desigualdad social, que provoca siempre migraciones de los más pobres de uno a otro país, y que de paso desmoronó el proyecto de integración económica iniciado en 1960.

Pero aunque se trata de un espejo roto sigue siendo un espejo común. Un sistema de vasos comunicantes en el que cada parcela guarda su propio peso específico, pesos que podemos advertir a lo largo del siglo veinte, desde la sociedad de rasgos feudales de Guatemala con una de las mayores poblaciones indígenas del continente, sometida a un virtual apartheid, a la más moderna sociedad caficultora costarricense, con instituciones democráticas más firmes y orgullosa se sentirse más europea; todo bajo el denominador de una cultura rural de carácter patriarcal en la que señoreaban las oligarquías amparadas en la fuerza de los caudillos y de las casta militares. Y esta realidad tuvo una respuesta triple en la narrativa.

Nuestras sociedades seguían siendo en muchos sentidos rurales, pero la temática campesina e indígena se sujetaba a un enfoque arcaico, que se volvía en muchos sentidos romántico, un territorio vernáculo idealizado que separaba de manera tajante a la literatura de la realidad. Por otro lado estaba la narración de denuncia social y política, centrada en la presencia de los enclaves bananeros y la intervención de los Estados Unidos que sostenía o derrocaba gobiernos e imponía dictadores. Y por fin, con la misma persistencia, la narrativa en la que el hombre letrado se enfrenta a la naturaleza salvaje que busca dominar para que surja la civilización.

Yolanda Oreamuno, novelista costarricense de vanguardia, escribía en 1943: “literariamente confieso que estoy HARTA, así con mayúsculas, de folklore. Desde este rincón de América puedo decir que conozco bastante bien la vida agraria y costumbrista de casi todos los países vecinos y en cambio sé poco de sus demás problemas. Los trucos colorísticos de esta clase de arte están agotados…es necesario que terminemos con esa calamidad”.

Hoy, cuando navegamos las aguas del siglo veintiuno, hay un cambio generacional de consecuencias profundas, y el viejo reclamo de Yolanda Oreamuno ha sido respondido. Las búsquedas son ahora múltiples, como el lector alemán podrá advertir, y la escritura salta por encima de las casillas tradicionales, haciéndose cargo de la realidad contemporánea que enfrenta la sociedad, y que por consecuencia enfrenta los escritores que viven insertos en ella. Son temas cada vez más diversos, se atienen menos a esquemas preestablecidos, y no se ven forzados por los alineamientos. Nuestros escritores buscan insertarse en la modernidad, y ser entendidos en todas partes. La universalidad como un reclamo.

Esta es, por tanto, una antología del siglo veintiuno, y nos permite ver al cuento centroamericano lejos ya de sus viejas fronteras. En cada uno de los autores elegidos, una selección necesariamente rigurosa, hemos buscado, antes de nada, la excelencia de la individualidad creadora que se basa en los recursos del lenguaje y la imaginación; es decir, como en toda buena antología, la calidad de la expresión literaria, para que este conjunto de voces auténticas pueda abrir un panorama de lo que es Centroamérica hoy, cruzada por diferentes fenómenos sociales, en su compleja diversidad.

Los narradores de esta antología nos cuentan historias de seres imaginarios, pero que provienen del mundo real, y pertenecen a una atmósfera donde las vidas privadas son constantemente intervenidas por la vida pública. Es decir, las historias corren siempre en el cauce de la Historia. Porque la literatura no deja de ser nunca una emanación imaginativa de la realidad, que se presenta siempre como un escenario donde las variaciones son dinámicas y ocurren no pocas veces de manera sorpresiva.

¿Pero cuánto ha cambiado la sociedad centroamericana en medio siglo? ¿Y qué es Centroamérica en los inicios del siglo veintiuno? Como siempre lo fueron a lo largo del siglo veinte, nuestras sociedades no son sino una superposición de estratos geológicos, sólo que ahora se agregan nuevos estratos a los anteriores. Nuevas capas de realidad se forman sobre las antiguas, pero todas conviven al mismo tiempo en una especie de anacronismo simultáneo, con ciertos rasgos de modernidad que provienen casi todos del fenómeno de la globalización. Por encima de las arboledas que bordean los caminos rurales por donde transitan las viejas carretas tiradas por bueyes, se alzan las antenas parabólicas que recogen las señales de los satélites, y las antenas de las redes de los teléfonos celulares que han alcanzado ya el viejo mundo campesino; más teléfonos celulares que habitantes.

Los dictadores arquetípicos que reinaron hasta mitad del siglo veinte, y en ocasiones más allá, Estrada Cabrera que inspiró El señor Presidente (1946) de Miguel Angel Asturias; Maximiliano Hernández Martínez, que ordenó la atroz masacre de miles de indígenas relatada en Cenizas de Izalco (1964), la novela de Claribel Alegría (1924) Y D.J. Flakoll; Anastasio Somoza, el fundador de la dinastía que está en mi novela Margarita está lindar la mar (1998), son ahora parte de un pasado que sin embargo no ha muerto para la literatura, que es siempre un asunto de recurrencias.

Entre las décadas de los sesenta y los ochenta de ese mismo siglo, vinieron otras dictaduras, y golpes de estado uno tras otro, para el tiempo en que los ejércitos, con el respaldo de los Estados Unidos y de las oligarquías locales, toman el poder y cierran los espacios democráticos, mientras surgen las luchas guerrilleras inspiradas en el triunfo de la revolución cubana, y la represión despiadada en contra de la población indígena y campesina provoca nuevos genocidios en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, donde la insurgencia guerrillera se extiende, y el Frente Sandinista logra triunfar en Nicaragua en 1979, derrocando a la dictadura de la familia Somoza.

En nombre de la lucha contrainsurgente, miles son asesinados y enterrados en cementerios clandestinos, cuyas tumbas anónimas empiezan a ser abiertas a finales del siglo, y se publican los informes de recuperación de la memoria histórica a cargo de comisiones de derechos humanos que enlistan a las víctimas y a sus victimarios. En 1998 el obispo Juan Gerardi fue muerto a golpes con un bloque de cemento por sicarios a sueldo, dos días después que presentó su informe “Guatemala, nunca más”, en el que aparecen con sus nombres más de 20.000 asesinados.

Los enfrentamientos de largos años entre los ejércitos y la guerrilla se convirtieron en verdades guerras civiles, y desembocaron en la firma de acuerdos de paz, en 1992 en El Salvador y en 1996 en Guatemala, y abrieron por primera vez, tras década de poder militar, el paso a gobiernos democráticos que aún no terminan de consolidarse. Y Panamá recuperó la soberanía sobre el canal interoceánico mediante los tratados Torrijos-Carter, suscritos en 1977, y luego se produjo en 1989 la intervención militar de Estados Unidos que depuso al dictador Manuel Antonio Noriega.

Todo este pasado reciente es materia insoslayable de la literatura, en la medida en que siendo fenómenos sociales y políticos involucraron a miles de seres humanos, y afectaron sus vidas, creando una multitud de dramas personales. Extraer de esos dramas historias que contar, es tarea de quienes fueron contemporáneos de esos fenómenos, y pueden relatarlos como testigos; pero también es tarea de los escritores de las siguientes generaciones, que pueden verlos a distancia, y con ojo más crítico.

Pero en la vida cotidiana de hoy, donde el pasado sigue aún vivo, y se traslapa con el presente, hay también no pocas historias que contar: la ilusión de la visa soñada que abre las puertas del sueño americano, y quienes se arriesgan al paso clandestino de la frontera de Estados Unidos en busca de ese sueño que no pocas veces resulta en engañosa utopía; los pushers que venden la droga en las calles y en las puertas de los colegios a los adolescentes; la marginalidad de las barriadas, adultos y niños que sobreviven vendiendo de todo en las calles, la prostitución y el abuso infantil, la inseguridad urbana y el crimen organizado, las promesas electorales fraudulentas y la corrupción que crece como una marea negra; la pobreza extrema enfrentada a la riqueza extrema, un juego entre el escarnio y la obscenidad. Las frustraciones y las esperanzas rotas.

Pese a la que la democracia ha ganado terreno, los abismos de desigualdad siguen abiertos en Centroamérica. El caudillo, el peor de nuestros males políticos, persiste en sobrevivir, erigiéndose por encima de las instituciones, y en lugar de transformar la sociedad la mantiene congelada, ya que los pobres son su mejor capital político, mientras sigan siendo pobres. Es lo que ocurre en Nicaragua, de regreso al autoritarismo tras haber vivido una hermosa revolución.

Todo lo que vivimos, es por tanto, fruto de la anormalidad, y el escritor no tiene otra manera de ver la vida pública más que a través de una lente turbia y deformada, y tampoco puede escapar, como creador, del peso de esa anormalidad, porque ella modifica, o altera, sin remedio, la vida de las gentes que siguen viviendo bajo los arbitrios del poder, y al entrar en la narración, como personajes, arrastran el peso de esta anormalidad, a la que se suman otras que los nuevos tiempos traen consigo.

Modernidad a medias y sociedad rural a medias; alternabilidad civil en el gobierno, y caudillismo persistente; conquista del voto democrático, y fraudes electorales; crecimiento económico y abismos de miseria; fortunas ofensivas y marginación; aumento de la población escolar, y pobreza del sistema educativo; multiplicación de los espacios urbanos, y población campesina atraída hacia esos mismos espacios urbanos, que parecen tantas veces campamentos rurales; sociedad informática, y el maíz sembrado grano a grano con espeque, como en tiempos de los mayas. De esas contradicciones y contrastes se nutre la literatura centroamericana contemporánea.

En esta modernidad revuelta, tan llena de fantasma del pasado, semejantes contradicciones no parecen detenerse. Persiste la corrupción, los negocios a la sombra del estado, el tráfico de influencias; el lavado de dinero y el enriquecimiento ilícito se han multiplicado, y los hilos de esta conspiración oscura parten no pocas veces de los propios palacios presidenciales. Los carteles del narcotráfico han sentado sus dominios en Centroamérica, puente natural del paso de la droga desde Sudamérica hacia México y los Estados Unidos, con todo el dinero del mundo para comprar voluntades y corromper jueces, fiscales y policías. Pandillas juveniles, como las maras, convertidas en verdaderas bandas criminales que asesinan y extorsionan. La banda de los Zetas, que operan en el territorio de México y ya establecidos también en Guatemala, y que han organizado la industria nunca antes vista del secuestro de emigrantes pobres que buscan de manera clandestina llegar a la frontera de Estados Unidos, para cobrar rescates a sus familias, asesinados y enterrados en tumbas sin nombre cuando no quieren o no pueden pagar.

No es que la literatura tenga necesariamente que atenerse a las anormalidades de la vida social, determinada por la arbitrariedad del poder, toda clase de poder, el poder político, el de las mafias, el de los carteles del narcotráfico, el de las bandas juveniles; pero la escritura, que vive de lo singular, no puede desprenderse tan fácilmente de esas anormalidades que trastornan las vidas privadas. La literatura no existe sino en función de los seres humanos. Para la literatura lo que cuenta es la vida, y lo que relata son vidas, en su precariedad.

Esta selección de cuentistas centroamericanos, en la cual incluimos a escritores de República Dominicana, por su cercanía no sólo en la lengua, sino también cultural, dará al lector de lengua alemana un panorama de la diversidad creativa de una región formada por países que, a pesar de todo, siguen empeñados en borrar sus fronteras. Y sus escritores, empeñados en encontrar la identidad común extraviada.

Ellos, al mostrar como escribimos, también muestran al mundo lo que somos y la realidad tan llena de contrastes en que vivimos. Sus palabras trazan el mapa de Centroamérica.


Sergio Ramírez