miércoles, 27 de mayo de 2015

Palabras en libertad, autores no siempre. Berna González Harbour

Héctor Abad Faciolince y Carlos Fernando Chamorro, en Centroamérica Cuenta / DANIEL MORDZINSKI


Decía Martín Caparrós que un festival literario es lo más aproximado al pueblo donde habitan los autores que el resto del año viven dispersos en su realidad, en su universo, en su país. Por unos días, esa comunidad virtual forjada en lecturas mutuas y en sintonías a distancia toma cuerpo en debates, cenas y un roce que también ayuda a construir generaciones y tendencias. Ocurre en la Feria del Libro de Guadalajara (México), en el Hay Festival de Cartagena (Colombia) y ahora en Centroamérica Cuenta, una iniciativa de Sergio Ramírez que cumple tres años, que reúne a decenas de autores en Managua y que adquiere aún más valor al realizarse en territorio hostil. Como recado de bienvenida, el Gobierno de Daniel Ortega impidió la entrada de Jul, caricaturista francés que iba a participar en el homenaje a Charlie Hebdó, y dejó claro que las palabras pueden estar en libertad, como dice el lema del encuentro, pero los autores, no siempre.

“Que a un caricaturista no le dejen pasar es infame”, dice Héctor Abad Faciolince. “Pero no van a lograr empañar el encuentro”, afirma Sergio Ramírez. Y no lo empañó. Por el contrario, Centroamérica Cuenta se consolida como una de las citas literarias del continente.

La censura de Jul no es gran sorpresa en esta zona donde los autores, aunque lo intenten evitar, aprenden a escribir contra demonios más poderosos: desde el propio Faciolince y Juan Gabriel Vásquez ante la violencia de Colombia a Fernanda Melchor y Julián Herbert ante el desgarro en bucle que vive México o un Carlos Cortés que en la Costa Rica “donde parecía que no pasaba nada desde el bigbang” sufrió el asesinato de su padre 162 días antes de nacer.


                                                  
Sergio Ramírez. / DANIEL MORDZINSKI


“Escribir es una trinchera contra la orfandad, te permite compartirla”, afirma Cortés, autor de Larga noche hacia mi madre (2013). “Se trata de reemplazar la realidad con la venganza. Vengarte mostrando la maldad de los malos. Y la única venganza admisible es la que puedes hacer con la palabra”, asegura Faciolince, que conquistó a miles de lectores con el relato del asesinato de su padre en El olvido que seremos (2006).

Ni Faciolince ni Vásquez (El ruido de las cosas al caer, 2011) habían programado escribir sobre violencia –“yo estaba llamado a ser un escritor frívolo”, dice el primero; “nos cambió la vida y por eso nos ocupamos de ello”, dice el segundo- pero la literatura detecta al fin y al cabo las grandes convulsiones sociales, los grandes cambios, y a estas generaciones les ha tocado la violencia. “Lérmontov, Dostoievski y tantos autores rusos acompañaron un tiempo que desembocó en caída del zarismo; Vargas Llosa, García Márquez y los autores del boom recogieron la era de replanteamientos que desencadenó la revolución cubana. Los grandes momentos de la literatura siempre han coincidido con momentos de convulsión”, resume Vásquez.

“Los seres humanos somos muy raros”, ironiza Faciolince. “Cuando pasa algo malo queremos saber los detalles, si nuestra mujer nos pone los cuernos queremos saber los detalles, somos masoquistas. Para poder sobrevivir quieres olvidar, pero para reconstruirse necesitas recordar”. Por eso él afrontó la muerte de su padre 20 años después, por su propia reconstrucción.


                                             
Héctor Abad Faciolince, José Ovejero, Juan Gabriel Vásquez y Sergio Ramírez retratados en Managua. / DANIEL MORDZINSKI

En este pueblo virtual que es Centroamérica Cuenta, cuando dos amigos se encuentran no hablan de la Liga (o no necesariamente). Esto fue lo que preguntó Faciolince a Carlos Fernando Chamorro, periodista independiente y leyenda en Nicaragua, cuyo padre, dueño y director del periódico La Prensa fue asesinado durante la dictadura de Somoza en un acontecimiento que marcó el inicio de la revolución sandinista:

- ¿Cómo asesinaron a tu padre?

Chamorro y Faciolince se cuentan los asesinatos de sus padres: los cuerpos en el suelo, los tiros de los padres, lo que recuerdan y lo que olvidaron, lo que hicieron para superarlo y las asignaturas pendientes. Y luego cenan, ríen y devoran las sabrosas chuletas que ofrece Sergio Ramírez. Así es la vida en este pueblo virtual. Violencia obliga.

Centroamérica Cuenta, que concluye este sábado, rindió homenaje a Ernesto Cardenal, la leyenda poética de Nicaragua y hoy condenado al ostracismo como aquellos que fueron sandinistas y abandonaron sus filas. “Centroamérica cuenta, y cuenta conmigo”, bromeó, recién cumplidos los 90 años, con sus vaqueros y boina calada. “Les debo las gracias a muchas gracias”.


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